
En el asentamiento de Isla de Gaspar, levantado hace 43 años sobre la Cantera de los Presos en la periferia de Montevideo, viven 270 familias / Juan C. Romero
Nos sumergimos en el asentamiento más antiguo de Montevideo levantado hace 43 años sobre la Cantera de los Presos en la periferia de la ciudad austral. Eduardo y su familia, orihundos del departamento de Rivera, abren las puertas de su casa en Isla de Gaspar y cuentan su historia. La Intendencia de Montevideo y el Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente anunciaron hace sólo unas semanas el plan de realojo de las 270 familias de este asentamiento y su desarticulación por la alta concentración de plomo en las tierras.
Mauro Scopise y Víctor Koleszar (Un techo para mi país, Uruguay), el sociólogo Gustavo Leal, e Inés Giudice, adjunta en la Dirección Nacional de Vivienda del Gobierno, arrojan respuestas al panorama general que el país afronta ante los que el célebre escritor Eduardo Galeano identificó como ”los nadies” .
El 10% de la población de Montevideo vive en asentamientos. En el registro de ‘sin techo’ figuran al menos 650 personas. El 80% de los uruguayos es benefactor de las políticas habitacionales del Estado según la Dirección Nacional de Vivienda. En su artículo número 45, la Constitución uruguaya reconoce el derecho de la ciudadanía a tener una vivienda decorosa y el deber del Estado de garantizar el acceso a ella.
Con una situacion desbordada, y ante la creciente proliferación de guetos de marginación y de exclusión social, aparecen organizaciones como Un Techo Para Mi País. Como en otros países de la región, esta ONG surgida en Chile reúne la fuerza de la solidaridad civil y lleva a cabo acciones puntuales para solventar las situaciones de mayor emergencia. La acción se desarrolla a través de un proceso que integran tres fases. La primera, y más popular, es la construcción de una casa de madera a las familias más necesitadas.
¿Solución o consolidación de un problema social?
Florencia Lucero, Lucía Núñez y Juan Carlos Romero, estudiantes de la Universidad ORT- Montevideo, presentan este informe especial sobre la acción de Un Techo Para Mi País en Uruguay:
EDUARDO GALEANO: ”Los nadies”
Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pié derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
CRÓNICA Latinoamericana:
(Producción para las clases de redacción de los profesores Andrés Alsina y Ana Solari)
CRÓNICA. Estelas en la mar. 21 de diciembre de 2010
Vinieron sólos desde México o desde Canadá, desde España o desde Paraguay, desde Estados Unidos o Francia… Y tienen tantas cosas en común que las maletas que más pesan, antes de hacer el camino hasta el aeropuerto, son las de su experiencia. Se acerca el momento del adiós, y así lo deja claro el brillo especial que ilumina la mirada de una treintena de jóvenes de 18 a 25 años al atardecer de una jornada más para el encuentro. Es la primera noche de verano, tiempo en el que se cierra una etapa y se vislumbra otra nueva.
El calor propio de esta estación los acompañará de diferentes formas. Llegará, en unos casos, de manos de unos familiares y amigos ensanchados en el entrañable instante de un reencuentro bajo el alumbrado navideño que derrite la escarcha de una calle cualquiera en el hemisferio norte. En otros casos, el calor seguirá siendo físico, en Suramérica, pero con la refrescante brisa de unos compañeros reacios a poner todavía un punto y final, los que seguirán un semestre adelante en esta aventura. Con el soplo frescos de los uruguayos siempre cercanos, siempre atentos, dispuestos hacer fácil lo difícil.
En el estuario del Río de la Plata los acentos del castellano se propagan diversos entremezclados con palabras del francés, redondeados vocablos del dialecto andaluz, o imposibles pronunciaciones del alemán. Suenan rítmicas y melódicas ‘a la uruguaya’, o picantes como el chile mexicano. Y casi se pueden confundir en sus altibajos con el murmullo de las olas. Las conversaciones van dejando un sabor agridulce en los labios de este grupo de amigos.
Hablan de historias en pasado. Lástima. Como la corriente del río han llegado a su encuentro con el mar, al cabo de cuatro meses. Bajaron a un ritmo vertiginoso dando vida a diferentes paisajes, pasando por estampas que enmarcarán en sus vidas. Antes no se conocían, y de no ser por un intercambio académico en cuyas listas se dejaron ver sus nombres, uno junto a otro, poco sabrían de la cantidad de intercambios que les quedaba por descubrir. Compartieron la ilusión del encuentro consigo mismos y con el otro. Se enfrentaron a sus contradicciones, y asumieron el reto del descubrimiento de una realidad desconocida a través de sus calles y plazas, de muchas risas y quizá también de alguna lágrima… rompiendo las barreras del prejuicio.
Nada sabrían antes de la Rambla de Montevideo en cuya arena marcan sus huellas durante estas horas en medio de un clamor de multitudes. De multitudes de versos que glosan unos comentarios que se saben últimos pero querrían ser más. “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar” dice el poema del sevillano Antonio Machado en la voz de Serrat. El hondo palpitar de este grupo en la orilla, de darse un instante para el silencio, debe sonar como los tambores del candombe que alguna vez oyeron en Ciudad Vieja. La mañana pronto dará la bienvenida a otro día en Uruguay, y sobre la arena de la playa esperarán las huellas el natural lamido de un río que quiere ser mar. Ellos pasaron y quedaron. De sus estelas darán cuenta simultáneamente a lo largo y ancho del planeta. Allá donde sus voces revivan sueños, dichas y amaneceres que aunque pasados guardan para siempre en su regazo.
CRÓNICA. En todas partes. 02 de diciembre de 2010
Soy un ladrón. Acabo de robar tres horas a mis veintidós años. A las nueve de la noche los sones de mi teléfono móvil empezaron a lucirse como nunca antes lo habían hecho. Tras ellos la ilusión de mi madre, de mis abuelos o de mis amigos que ansiaban ser los primeros en darme sus muestras de cariño, como lo harían personalmente de no existir una gran muralla, de más kilómetros que la de China, separándonos. No sé si sabrán que no me preocupan las barreras. Sé qué me doblego. Estoy en tanta gente que a través de ellos puedo oír mis latidos en diferentes espacios del mundo. Allá donde estoy están. Allá donde están estoy.
No me gusta perder, prefiero ganar. Soy un coleccionista de momentos, me dan un perfil mucho más certero de quiénes son las personas con las que comparto mi tiempo. Son un buen medidor para cuando los prejuicios se salen con la suya y logran despintar la figura del otro. Hace cuatro meses tomé la decisión de salir de casa en medio de una incertidumbre que a punto estuvo de castigarme. Prejuicios. Dar el paso adelante fue, además de un buen punto de partida, el momento más tenso que emerge de mi experiencia en Uruguay.
Una vez en Montevideo todo transcurrió con una naturalidad abrumadora, esculpida en el seno de lo cotidiano. De ahí que mire para atrás y celebre, por ejemplo en este día, mi capacidad para resolverme. Como hace más de veintitrés años, llegué sólo a un mundo desconocido, y he ido apropiándome, sin ser muy consciente, de él. No concibo unos momentos más especiales que otros, todos pasan y todos son. La experiencia me cuenta que todos valen.
Sigo robando horas. Éstas no están hechas de minutos sino de flashes mentales, imágenes quizá idealizadas, con muchos o pocos matices, más definidas o menos, pero en un marco propio… y en resumen sonrío. Los leños siguen ardiendo, me quema pensar que la falta del oxigenado tic-tac del reloj pueda ahogar las llamas del fuego que arde y condenarlo a las ascuas de una etapa pasada. Aun cuando eso pase seguiré estando, como ahora lo estoy, por ejemplo en Castilblanco.
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CRÓNICA. Café y fresas. 29 de noviembre – 01 de diciembre de 2010
Cientos de historias pasaron inadvertidas para él en los últimos meses. Ahora las busca para hacer justicia. Fueron indultadas, y por tanto no llegaron al imaginario de nadie más. Quizá las contó a sus conocidos como un comentario trivial para matar el silencio, pero ignoró que su veredicto pudiera ser contraproducente. A última hora, hay un ritual recurrente que se nutre precisamente en lo cotidiano de las circunstancias más especiales. ¿Cómo revivir lo pasado y encajarlo en un puzle?.
Un gran vaso con restos de café sobre la mesa del salón despejaba las dudas de una noche larga. Está frío. Por él pasaron las horas de desdicha y el peso de una conciencia que se prometía endulzarlo y a punto estuvo, blanca y rota en mil pedazos, de quedarse en el intento. Tantas veces empezó a ordenar letras y palabras para lanzarlas directas al vacío con tan sólo un click que, llegado el momento, podría sentirse un homicida del verso, incapaz de resolver el laberíntico mapa de su crónica.
Junto al café unas fresas brillaban fogosas como un oasis en el desierto, y mudo, espacio donde las ideas juegan a las escondidas. Claman intermitentes ser el dulce contrapunto al festivo momento de una pausa. Las mira con el pulso acelerado, deseándolas. Se arma de valor para retomar la escritura pensando en el crujiente bocado capaz de saciar su angustia. Meses atrás recuerda cómo un autobús desbocado quiso ser el primero en su especie en escalar hasta lo más alto de un árbol en Colonia de Sacramento. No lo consiguió. Nadie le alertó de que su peso arrasaría con los brotes verdes que coronaban el tronco, y terminarían perdiendo los dos. A pesar de ello, valiente, no cedió en su empeño. Su fiasco llamó la atención de los curiosos aunque, salvo la aseguradora, nadie tomó nota. Era el momento de fijarlo, y reconocer el valor de aquel colectivo.
La cafeína del elixir que le mantiene despierto hace estragos, patrocina movimientos espasmódicos a lo largo del cuerpo del escritor mientras de su cabeza salen chispas verbales. Bajo los efectos de esta droga que ha teñido su estómago pasa el instante en que se supo frágil por primera vez. En efecto, cuando era niño paseaba con más seguridad en la ignorancia de las amenazas. Libre de miedos. Ahora la seguridad es cosa de decenas de guardas que vagan por pasillos y escaleras, y de unos panópticos ladrones de almas. Es probable que siguiendo a Foucault no haya nadie fisgoneando su quehacer académico al otro lado de una pantalla, pero su sola presencia en una universidad le sorprende, le irrita y le intimida. Aunque en su mente los temores se independizan de lo tangible.
Del silencio de la biblioteca universitaria pasa al sobresalto. Una bomba musical estalla en la calle al paso de un coche. Sus palpitaciones suenan entre las cuatro paredes que lo encierran. Mira desconcertado a un lado y a otro. No sabe en qué momento exacto cedió al ensueño de un canto de sirenas. En la inconsciencia de una eterna madrugada debieron tomar forma sus ideas. Los primeros rayos del sol le avisan: es el momento de irse a la cama. Sobre la mesa un vaso con posos y los sépalos de unas fresas cumplieron su objetivo.
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CRÓNICA. Kilómetros de historias. 15 de octubre – 01 de diciembre de 2010
Atendió a cientos de soldados de su batallón porque el militar antes que milico era doctor. Y quién lo diría hoy; antes de encontrar asilo en Uruguay hasta ganaron la guerra. Los estertores de un continente arrasado por la sinrazón le robaron para siempre la gloria, y también los fastos de su victoria. Cuando se dieron cuenta, el rojo líquido desparramado por el fantasma nazi se alejaba al fin de Polonia. Había llegado la hora de retomar su vida.
Este cuasi centenario escondido bajo una enorme gorra de visera se dirige a mí, a un desconocido. No recuerdo con cuál excusa, tampoco él parecía interesado en escucharme, prefería ir al grano: dar rienda suelta a su retahíla. Humedece sus ojos con la facilidad de un actor rememorando momentos que sus años ensancharon y grabaron a fuego lento. Ha dado color y nuevas formas a los fósiles que trajo guardados en algún bolsillo de su interior. No tuvo tiempo de limpiar la sangre derramada o las represiones del momento histórico que ahora cuenta en calidad de protagonista. Vaga de unos momentos a otros, tan rápido como el ómnibus nos traslada por los diferentes espacios de una ciudad diversa. Él lo hace sin una aparente conexión.
De la victoria a la derrota. ¿Por qué está sólo?. De su tierra, a la de nadie. No estuvo en la primera línea del frente, y a pesar de ello perdió a fuerza de años y kilómetros a los suyos. El color de la sangre, tan presente en el fragor de la gran batalla, llegó para quedarse como cuando los piratas asaltan un barco y a modo de trofeo se reparten el motín. En este último embate europeo, el primero tras la II Guerra Mundial, se presentaba el rojo con otro matiz, bajo una capa comunista, fundida en el acero de unas telas que cubrieron el continente. Inauguraban su gélido encuentro con las Américas. Cabizbajo, cargó sus trastos y asumió un destino lejos de las guerras.
Mira de arriba a abajo a sus compañeros de viaje, esperando una mirada cómplice que le invite a compartir unos minutos antes de que la próxima parada los separe para siempre. Aprovecha cada momento, ¿Y si éste es el último?.
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CRÓNICA. Buscando vidas. 22 de noviembre de 2010
Vienen buscando vida al territorio de los muertos. Hablan por ellos. Muestran su aspecto desaliñado por el paso de largos o quizá cortos años de olvido. Ponen en sus labios palabras que otros dieron por buenas. Y recrean con sus disfraces toda una historia que tiene sentido en nosotros, y sin nosotros nunca fue nada. Una vieja gloria de la literatura dice llegar de Italia, y acusa un considerable desgaste, quiero suponer, motivado por la peripecia de su viaje. No es Willy Fog, por más que se ha merendado el mundo y como ave fénix ha cobrado vida una vez tras otra de sus cenizas, a través de magnánimos hombres de las artes que, como muchas mujeres, cayeron rendidos en su regazo, dando lugar al mito.
Don Juan Tenorio busca en Montevideo el sevillano panteón donde yacen los restos de Inés, una joven y bella novicia a la que tiempo atrás hizo enloquecer. Los muertos beberán en breve del cálido manantial rojo que fluye por las venas de los cuerpos de un elenco macabro. Soy un afortunado en el cementerio. Comparto mi fortuna con otros cuarenta privilegiados que obtuvieron una invitación a este morboso festín. Una orgía de voces con fantasmagóricas apariciones que perturbarán a un atormentado hombre, solo entre tanta gente.
Paseo por las penumbras de un espacio en donde, más allá del jocoso cuchicheo nuestro, se oyen los silencios de tiempos que fueron y ya no son, donde la vida pasa por lo que otros nos cuentan, y dan a entender que fue. Letanías de historias grabadas, buscando la vida en nosotros. La escena estaba encendida. En su retorno Don Juan Tenorio aparece más libertino e impulsivo que nunca. A pesar de ello a nada temíamos: éste era un león domesticado. Inofensivo. José de Zorrilla había puesto coto unos siglos antes a los excesos del burlador de Sevilla. Lo acompañamos por el círculo vicioso donde su figura quedó para siempre atrapada. Sabíamos que el final estaba escrito desde el principio: aun queriéndolo, convencidos por su retórica, nada podíamos hacer para cambiarlo. Morirá redimido en sus pecados, y desaparecerá de un plumazo. De la mano de su amada dejarán de ser. Las luces de la escena se apagan de repente y esas figuras confusas, que en algún momento fueron lo que vinimos a ver, se quitarán sus pinturas y sus trajes de época. Saldrán por las mismas puertas por donde nosotros abandonamos el camposanto. Retomarán sus vidas, dejando las de los otros en su eterno reposo, solo en nuestro recuerdo.
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Crónica. La noche de los vivos | 10 de noviembre de 2010
Los cementerios son lugares de paso para los vivos, y de soledades muertas en el olvido para todos los demás. Los focos se encienden a las nueve de la noche para iluminar las gélidas esculturas de piedra de los panteones de uno de ellos en Montevideo. Si ya de por sí resulta para muchos de nosotros inédito pasear por un cementerio de noche, lo es mucho más si éste se presenta con luces de colores, como un elemento más dentro de una cuidada escenografía. La estampa en última instancia no deja de ser bella; el Central es un cementerio pequeño y coqueto, situado en un alto a orillas del Río de la Plata.
A falta de negros gatos relamiéndose mimosos como en el bonaerense de La Recoleta, desde la Embajada de España en Uruguay, apostaron por traer fantasmas al cementerio. Al fin y al cabo esos entes del más allá siguen tan vivos como presentes en la Noche de Difuntos, y en el imaginario de la gente… de ahí el auge de la fiesta yanqui de Halloween. Los del día dos de noviembre llegaban directos desde España, eran antiguos, populares. Del siglo XIX nada más y nada menos, por más que de la pluma de Tirso de Molina en El burlador de Sevilla los personajes habían salido unos años antes de sus cajas. Blancos difuntos vagando entre animados rostros parlantes. Iluminados en la eternidad de su noche dispuestos a saldar las cuentas pendientes con su Don Juan. Equivocado, el protagonista de la obra Don Juan Tenorio de José Zorrilla, llegó atormentado al Uruguay, en lugar de a su Sevilla natal, en busca de su amada Inés. Se ve que en el cielo también tienen lapsus a veces.
Como a los muertos no temo, eché un vistazo a los vivos de mi alrededor para ver si estaba definitivamente a salvo. En efecto, no tenía nada de qué temer. El público de esta primera función, aunque diverso, lo nutrían anónimos matrimonios de blanqueadas cabelleras arreglados como si de un domingo se tratara, mezclados con representantes e invitados de la embajada española y del Teatro El Galpón. Había periodistas buscando con sus cámaras echar carne al asador de la próxima jornada. Complacientes, en las penumbras del cementerio parecían todos sorprendente cómodos. Seguían la escena desplazándose entre las tumbas por diferentes espacios donde transcurre la trama, guiados por el actor que daba vida al escultor… el único que al término de la obra logra salir vivito y coleando de la ficción.
Jocosos comentarios rompían por momentos el silencio sepulcral de los vivos, sin que desde Villa Abajo pudieran alegar nada en su defensa. “Cuidado cariño, andamos en lo alto del abuelo”, puso una sonrisa en mi rostro, mientras un atormentado Don Juan oía doblar las campanas al tiempo que pasaba por sus retinas el cortejo de su entierro. La desgarradora voz de una saeta con toques de tambor retumban en el fúnebre marco que despide la obra. El protagonista ha tenido una muerte dulce, camina junto al fantasma de su amada hasta perderse en la oscuridad del cementerio. Las luces se apagan. Los muertos vuelven a su eterna soledad repleta de olvidos. No hay más vida que la nuestra, y estos recuerdos de una noche de difuntos.
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Crónica. El ocaso del viejo candombe | o1 de noviembre de 2010
Los últimos rayos del sol han dado por perdida su batalla. Asumida la derrota, dejan las próximas horas a merced de la noche. En ella él se hace aún más grande, librando una particular batalla a sus años, y no se resigna a ceder el escenario mientras tenga fuerzas para confortar con sus toques sobre el cuero las almas de sus amigos. La oscuridad suele confundir a las personas, pero aquí todos parecen conocerse bien. A mi alrededor algunos hacen gala de brillantes cabezas, otros muchos pintan canas, y las nuevas generaciones ansían con idéntica expectativa ponerse en el papel que su genio les asigne. Desde los altavoces, los ritmos del candombe caldean el ambiente -todavía frío esta primavera- de un teatro de verano en Las canteras, a orillas del Río de de la Plata.
La fiesta no es de quince, por más que el maestro de ceremonias se empeñe en aparentarlo con los tonos rosa fucsia de su chaqueta y vivos complementos anaranjados, dejando pasar por ellos tantas interpretaciones como joviales recursos, testados en la sencillez de lo cotidiano, que explotará sin parar en una certera demostración de habilidades. A veces canta, pero ante todo es un showman. Crea un clima donde su presencia protagónica cobra sentido, e iguala a todos en un mismo elenco: lleva las riendas del espectáculo. Generoso reparte los papeles a sus actores, y ha reservado para las voces de su coro, La Calenda Beat, el primer embate a la noche, en calidad de teloneros. El veterano hará el resto.
Antes de que el silencio solloce en los oídos del público, una sonora ovación se agranda desde las gradas más cercanas al escenario para terminar inmensa en el auditorio. Ante ellos la estrella que esperaban. Hace unos minutos, entre bambalinas, ha dado muestras de cansancio: “Los viajes me matan, ya no puedo estar en todos sitios”. Se desatan las voces alentándolo, se desenfudan cámaras y algunos flashes lo enmarcan definitivamente en un círculo vicioso. Alza las manos, lanza frases irónicas a modo de saludo, y por fin hace suyos los tambores. Los años no pasan en balde, y Ruben Rada lo sabe bien.
Por sus sesenta y siete primaveras han pasado muchas tardes y noches. Las de ahora son casi madrugadas. Llevaderas al fin y al cabo si no está solo. Por ello se acompaña de amigos con los que llenar la noche de lo mejor de su cosecha. Por su particular registro van pasando géneros musicales; pasa el misterio que engancha a sus seguidores. Cual ave fénix, renace cada dos minutos de sus cenizas. Se muestra fuerte y sorprendentemente ágil para saciar la sed de Rada palpable desde las alturas. A sabiendas de que la claridad del día vendrá tarde o temprano a pedirle explicaciones, está dispuesto a dejarse llevar y dar la guerra mientras los focos lo alumbren. Qué paradoja, para este día no hay ocaso que valga.
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Crónica. ‘El Graduado | 02 de noviembre de 2010
Camina a paso ligero inclinando hacia adelante la espalda y la cabeza en una actitud de insegura búsqueda. Sus facciones, cuando no callan, hablan de una persona sesuda. Sebas patea las calles, avanza; las va dejando atrás porque no son su meta. Sebas está hecho de momentos familiares lejos de Buenos Aires. Desde la minúscula sala que habita es posible ver y oír Posadas.
Llegué en su encuentro hasta ese lugar oscuro y barrido -donde los lujos brillan por su ausencia- tras recorrer un pasillo largo que a modo de patio de vecinos distribuye las estancias de los falsos estudiantes. “Residencia El Graduado, en la Avenida Juan Domingo Perón” me indicó horas antes en un mensaje de texto. Así la llama, por más que las apariencias nos engañen y nos inviten a pensar si realmente no estamos en un hospital robado. En la fachada nada advierte de la existencia de un lugar para el hospedaje, mientras en la realidad virtual de su web la presentan como un espacio idílico junto a la arteria de la ciudad, la 9 de Julio.
En su interior, los supuestos estudiantes postergan de manera indefinida el momento de su graduación, en el mejor de los casos. Mientras aprovechan para dar rienda suelta a la vida, ganándola como pueden. En otros casos, hace unos meses que dejaron las formalidades de una universidad e inventan -si no lo encuentran- trabajos dignos, siempre ajenos a lo que alguna vez soñaron. Sebas tiene sueños, y busca la salida al desencanto.
Sus compañeros de ‘El Graduado’, apuestan por vivir a su aire, al único dictado de sus tiempos. Trabajan para sobrevivir, y resolverse desde la independencia de sus familias. Él se maneja en las artes retóricas con la misma facilidad que, a pesar de los excesos, lo hace en el fútbol, según explican sus amigos. Y a pesar de todo, en esta residencia, todavía esperan como en lloviznita descubrir a Messi.
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Crónica. Un vaso de cristal | 02 de octubre de 2010
Pasé de largo. Y en ese instante no me importó. En dos segundos una historia relampaguea ante mis ojos, machaca mis oídos y, con las bolsas de la compra de la semana, retumba ahora, atronadora en mi mente. Estaba nublada la tarde cuando los primeros brotes de la primavera se desvelaban, verdes y alegres, en las ramas de los árboles de la calle.
Su pelo canoso, rostro lánguido y arrugado. Muy arrugado. Como si, caprichosa, la vida hubiera querido exprimirle hasta la última gota de su juventud. Se dirigió a mí en el único lugar adonde tantos ‘yo’ creyeron conveniente que su presencia podría estar justificada. Pero una vez más no halló respuestas. Perdido en la vertiginosa rutina, seguí caminando a paso ligero sin detenerme para atender sus palabras.
Pienso en mis cosas. Mis problemas, que no son pocos: voy haciendo cuentas a ver cuánto he gastado. A cómo me salieron las manzanas. O lo que habría ahorrado si en lugar de pelarme en el centro comercial lo hubiera hecho en la barbería que hay a dos cuadras de casa. Cruzamos las miradas, sí, oí su reclamo. ¿Cómo negarlo? ; Hasta el run-run de alguna pequeña moneda, chocando una con otra en el interior de un vaso de plástico blanco.
En ese choque dos mundos en uno mismo. Saco el pan, la fruta, la pasta de las bolsas y voy surtiendo las cajoneras de la cocina. Tengo la despensa llena. Friego los platos del tardío almuerzo que había saciado mi estómago antes de pensar en la cena.
Los vasos de casa son de cristal y transparentes. Paradójicamente igual que yo. Duros, pero frágiles. Capaces de que la luz pase a través de ellos, y aun así da la impresión de que nada cambia en su interior. Se detiene el tiempo y veo avergonzado a ese joven que con las borriqueras puestas siguió adelante sin mirar atrás. El día estaba nublado es verdad, pero hubo un momento en que dependió de mí que el sol se asomara en el interior de otro ‘yo’.
En su delirante y torpe andadura seguía las huellas de su miseria, y pudo verse reflejada la anciana en la miseria de quien como buen deportista olímpicamente la saltó. Como un obstáculo más que sortea en su discurrir.
“Tenga media barra de pan. Y estas manzanas. ¿Quiere algo más? Mire, aquí llevo dos paquetes de pasta, quédese con uno de ellos que con uno me basta para echar la semana”, aseguran fuentes del Ministerio de mi Interior que se pudo escuchar en el salón de los pasos perdido… de mi boca no salió una palabra.
“Señor deme algo, por favor. Tengo hambre”
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CRÓNICA. Las letras del móvil. (Reedit. 16 de octubre de 2010)
Han adquirido significado. Estaban ahí, silenciosas, buscando el encuentro o un segundo de protagonismo al deslizar mis dedos por alguna de ellas camino de alguna palabra. Ahora se revelan importantes. En mi móvil la letra ‘U’ junto a la ‘Y’ salen definitivamente de la caverna para anteceder a los nombres de quienes me acogen en esta tierra.
En Montevideo, el mes de agosto presenta su cara más fría; nada que ver con los cuarenta grados de temperatura propios de verano de Sevilla. Al cabo de dos semanas en Uruguay, el torbellino del reloj lo arrasa todo e impide que el sol refleje los colores de la mañana en mi habitación. Las luces y el calor de los primeros momentos de la estancia, arropado por un completo catálogo de internacionales compañeros de intercambio, no eran más que un oasis en el desierto de la provisionalidad. Mientras el tiempo hace de las suyas. Aún con las maletas hechas, los días siguen fuertes en el pulso de hacer rutina una circunstancia inédita y excepcional.
Capto su modus operandi: acorralado en un hostal, las prisas por llegar al premio de la estabilidad sirven de guía por deshumanizadas inmobiliarias donde pasar intempestivas mañanas de visitas a viviendas. Nunca llegan a ser hogares. En los ratos libres las horas se consagran en una premisa: correr despavorido a los brazos del saber. Las clases siguen su curso. Y mis compañeros de intercambio de la Universidad ORT, que otrora compartían su devenir conmigo, desiertan sin saberlo. Abandonan sin más la inercia al encontrar ese espacio donde sentarse tranquilos a pensar por vez primera en sí mismos; llevar sus alegrías y sus penas. Poner orden… lejos de un hostal.
- ¿De dónde eres?
Mónica me encuentra en un autobús, quizá espera, silenciosa, que el acento me delate, camino de su quehacer diario. Si el mundo es un pañuelo, Montevideo lo es más. Con sólo tres palabras desencadena un movimiento capaz de humanizar mi búsqueda y liberar al cavernícola de su indeseada rutina inmobiliaria. Indaga en mis últimas peripecias. Hace suya mi causa. Frunce el ceño, y une su mano y la de los suyos a la mía.
Pronto las vibrantes cosquillas hacen reir más y más a mi teléfono con sus tonos. El cercano y amable ‘UY’ ocupa su espacio en el pulso a los días. Oigo sus cálidas voces, imagino sus caras. Y sé que hemos ganado cuando, al abrir los ojos, estoy en mi habitación. Al fin libre, al fin en casa, en mi nuevo hogar en Montevideo.
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‘Las letras del móvil’, 23 de agosto de 2010
El azar manda. En mi teléfono, la U junto a la letra Y han adquirido significado. Llevan toda la vida en cualquier teclado que se precie, muchos años conmigo y ahora se revelan importantes. De un tiempo a esta parte UY antecede al nombre de nueva gente que en el día a día van ocupando mis horas. Son las que me acogen en esta ciudad y me guían por ella. Son los primeros pasos, y los ando arropado, para protegerme del frío de un país -antes remoto- que vive en agosto los últimos coletazos de un invierno al que aterricé en verano.
Ha habido lugar para varias anécdotas. La última ayer de vuelta al hostal donde sigo en estado de provisionalidad (maletas hechas, habitación compartida con 10 compañeros, noches cortas…). Mi acento me delata, y cualquier comentario da lugar a conversaciones. Charlas productivas. Alguna milagrosa. Si el mundo es un pañuelo, en Montevideo se cumple a rajatabla el dicho a nivel local.
- ¿De dónde eres?
Tres palabras de una señora, Mónica, bastaron para desencadenar una espiral tendente a solucionar mi problema. Me pone en contacto con su amiga, que a su vez tiene contactos.
¿El objetivo?: Encontrar una habitación para alquilar. La maquinaria se ha activado de la forma más sorprendente; el azar manda. La cercanía y el carácter integrador de esta tierra marcan la diferencia con cualquier otra región. Ahora, espero que finalmente alguna de las opciones que se me ofrecen sirva, estén a la altura de mis posibilidades y en breve tenga un hogar por aquí para ganar más estabilidad al tiempo que empiezo el curso.
Dándole la espalda a Artigas, caminé por Ciudad Vieja. Montevideo adolece, como Buenos Aires, de un notable abandono. Espacios diáfanos, grandes edificios medio derruidos que hablan de etapas de esplendor, viejos coches circulando por unas vías lejos de los atascos tan nuestros, y por lo general un ambiente que recuerda a los tiempos de nuestros abuelos.
Esto hace que andar por las tan pintorescas como vacías calles de la zona de la Ciudad Vieja una tarde de Domingo, te haga sentir afortunado. En unos años con tanto ”progreso” la situación está condenada a cambiar y, de vuelta a la ciudad, la encontraré homogenizada, como cualquier paseo céntrico de una ciudad europea.
En la Rambla (sería similar al paseo marítimo de cualquier gran ciudad, sólo que no es marítimo porque es Río, el Río de la Plata o Uruguay) los protagonistas son los ciudadanos. Llenan de mate las tardes con el hilo musical de las olas. A un lado, de cara al mar, miles de uruguayos comparten su preciada infusión en compañía de amigos y seres queridos. Al otro lado de la Rambla, las zonas ajardinadas se llenan de jóvenes y mayores haciendo deporte. Kilómetros de cercanía, de diálogos, de perspectivas desde las que mirar una misma realidad.

http://juancarlosromero.wordpress.com
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me encanta lo que escribiste cuando estabas en mi paisito!!! ojalá vuelvas pronto!! se te extraña aca en el sur! y felicitaciones por tu blog ;)