El saetero Kiki de Castilblanco cumple treinta años entre tablaos y balcones


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A sus 65 años Francisco Moya ha recibido casi un centenar de premios de toda España

Las libretas de Francisco Moya, Kiki de Castilblanco, atesoran miles de letras de saetas que de manera magistral ha interpretado por más de treinta años entre festivales de toda España, altares y balcones con vistas a los titulares de una procesión. El castilblanqueño tiene el mérito de ser el cantaor más premiado en el cante por saetas.

A sus 65 años suma casi un centenar de primeros premios por toda la geografía española y, desde la Sierra, se permite ahora dedicar más tiempo a su familia. «Con el flamenco me lo dejó claro al empezar Bernardo Zamorano en el segundo concurso de flamenco que gané en Pilas, cuando todavía estaba bastante verde y me explicó que tenía todas las facultades para triunfar pero cuando viese que se me cerraba una puerta atendiese para ver la que se abría», recuerda.

Con una copa de vino, el guitarrista Juan Carmona «Habichuela» le dio otra clave que no olvidará jamás en el concurso nacional que ganó en Granada en 1983 ante miles de personas, en el Palacio de Carlos V. «El padre de los Ketama me dijo que tenía las puertas abiertas del flamenco, cogió una copa y dijo que lo difícil no era beber veinte copas sino sacarle a una veinte buches». Con esta anécdota el saetero advierte que vivir del flamenco depende de cómo uno viva.

No olvida el primer concurso, en Huévar del Aljarafe, con el impulso de Pepe Cárdenas y Benítez de Castilblanco, y se muestra agradecido también a otro veterano, Agustín Navarro, que marcó su peripecia en el mundo del flamenco. «Desde aquella primera vez no dejé de ir a Huévar en los últimos 35 años, y tampoco suelo faltar en La Algaba, Alcalá del Río o La Puebla, y en otros pueblos con los que he fraguado grandes lazos», abunda el cantaor.

Las grandes figuras le acompañaron en los recitales, y le dejaron historias, estampas y momentos entrañables que hoy recuerda entre risas. «Una noche de frío increíble en la sierra de Málaga con la Niña de la Puebla, y mi guitarrista siempre llevaba un termo con caldo de puchero, entonces estabaDolores, la Niña de la Puebla, con mucho frío y le dijo que cómo vendría ahora un caldito, a lo que ella replicó que no se lo mentara, que estaba deseándolo, y allí en la serranía que nos tomamos el puchero aquella madrugada de mayo», rememora entusiasta el saetero, que sólo en contadas ocasiones ha compuesto las letras que interpreta aunque suele hacer arreglos para cantarlas.

El ritmo de los festivales lo llevó compatibilizar su trabajo en El Corte Ingléscon los certámenes, los actos de exaltación de la saeta y las procesiones, pasando semanas enteras en las que, asegura, no pisaba su casa. Un sacrificio que hizo para llegar donde lo requerían sin dejar de lado su «otra» jornada laboral, con la que completaba los ingresos para sacar adelante a su familia.

«De Granada a Almería o Huelva, salía de mi trabajo y me echaba las noches enteras de viaje para llegar al pueblo que fuese, hacer mi actuación, y regresar descansando lo justo al puesto de trabajo al día siguiente, porque se hacían muchísimos festivales y ese tiempo se lo quitaba también a los míos», relata echando la vista atrás.

Jubilación cantando

En su jubilación no ha dejado de cantar. Aunque reconoce que en los últimos años son muchas menos las citas flamencas que han logrado mantenerse en comparación con los festivales a los que acudía en sus inicios, no ha dudado en presentarse allá donde lo han reclamado, para cantar flamenco sobre los tabláos o para « poner su portentosa voz al rezo popular desde altares o balcones con sus cantes por saeta.

Sigue la estela de flamencos de fama. «Antonio Mairena poco antes de morir decía que él estaba todavía aprendiendo y no le faltaba razón porque en esta carrera no se acaba nunca y siempre tenemos que mantener esa inquietud, esa motivación y esas ganas seguir aprendiendo», explica Kiki de Castilblanco, que guarda en su interior una letra que ha cantado miles de veces y ha marcado sus días de saetero: «Qué guapa vas madre mía, después de to lo que has sufrío, una pena te acompaña, porque pa siempre has perdío, al hijo de tus entrañas».

La recompensa a su entrega es el cariño de los aficionados, muchos y de varias generaciones, dado que en pueblos como Pilas, Huévar del Aljarafe o La Algaba sus saetas a Dios siguen cautivando cada año como hace tres décadas.

 

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