Las canalizaciones que trajeron el regadío a Sevilla


 

Salvador Jiménez regentó el estanco de Castilblanco y es, como lo fue su padre,  una referencia para el Canal del Viar

El Canal del Viar permitió en los años cincuenta la expansión de los cultivos de regadío en la margen derecha del Río Guadalquivir, y ligado a esta infraestructura hidráulica fundamental para la economía de Sevilla y su provincia ha estado uno de los vecinos más populares de Castilblanco de los Arroyos: Salvador Jiménez, el estanquero.

Su padre, Salvador Jiménez Pérez, fue encargado y uno de los capataces de las obras del canal desde que se realizaran sobre el terreno los primeros estudios de viabilidad en los años veinte del siglo pasado. Salvador hijo tiene hoy 76 años y fue sumando tareas desde su más tierna infancia, siempre al calor del río Viar, entre El Pedroso, Cantillana y Castilblanco, donde su familia mantenía cabezas de ganado y pequeñas extensiones de tierra cultivada para subsistir en torno a las casetillas de mantenimiento, almacén de herramientas y vigilancia.

Las obras del Canal del Viar coinciden en el tiempo con los preparativos de la Exposición Iberoamericana que Sevilla acogería en 1929, y formaban parte de un plan público para generar empleo en plena crisis de los años veinte, atraer al turismo y sostener a las familias con estos ingresos.

El impacto de la Guerra

“Alrededor del Canal del Viar, dependiendo de él, vivían más de 5.000 personas”, rememora Salvador en una visita con ABC Provincia a estas conducciones de 85 kilómetros de longitud que fueron recrecidas por la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir entre los años 2009 y 2015 para conducir las aguas del embalse de Los Melonares (2007) que abastecen hoy a Sevilla y su área metropolitana.

Durante la Guerra Civil, las obras del Canal del Viar que propiciarían la llegada de cultivos de regadío como el maíz, la remolacha, los árboles frutales o el algodón a toda la Vega del Guadalquivir, habían avanzado hasta el arroyo de Siete Arroyos. La contienda paralizó su continuación, que se retomó ya en los años cuarenta. Los presos de los campos de concentración de La Algaba y Guillena se ocuparon de algunos tramos hasta que culminaron las obras.

En 1952 se dio por primera vez en pruebas agua del embalse de El Pintado (1948) a los agricultores de la comunidad de regantes del Viar, y desde 1953 de manera continua.
De Niebla llegaron los canteros que labraron los viejos puentes que jalonan el Canal del Viar con la técnica de piedra encajada al estilo romano.

Escuela rural

“Mi padre vivía en una de las casetillas y hacía tareas diversas de capataz, de cartero o dos veces al año de mantenimiento y conservación de la infraestructura en un momento en el que no se disponía de maquinaria y cada actuación involucraba a cientos de peones y capataces para la mano de obra”, explica Salvador Jiménez.

El primer trabajo de este jubilado fue ocuparse de la estación de aforo donde hoy se levanta el embalse de Melonares. Su formación también se forjó en una escuela que funcionó durante 12 años gracias al plan nacional de Educación rural del franquismo.

Uno de los almacenes junto al Canal del Viar hizo las veces de escuela. “Pusieron a dos profesoras y un chófer, Adolfo, que con una ranchera acercaba cada día a centenares de niños de los trabajadores de las conducciones, a los hijos de los pastores y de los sirvientes de los cortijos cercanos”, precisa Salvador.

El estanco de la carretera

Tras hacer el servicio militar, contrajo matrimonio con Remedios en los años sesenta, en un tiempo en el que sus tíos, Manuela y Pepe, que regentaban el estanco de la barriada de la carretera de Castilblanco, cayeron enfermos. Tuvo que arrimar el hombro en el despacho. “Mi esposa se hizo cargo del estanco hasta 2006 que pedí una excedencia para ayudarle”, relata.

De su primer trabajo en la estación de aforo recibía 1.500 pesetas al año. En las décadas siguientes su labor fue la de conciliar los intereses entre los propietarios de la Comunidad de Regantes del Viar. “Me encargaba del mantenimiento del Canal y, durante la campaña de riego, que iba del primero de mayo a finales de septiembre, controlaba que los regantes cumplieran con las horas de agua que se les concedía en función de las hectáreas de cultivo que tuvieran”, esboza de una tarea que, asegura, le hizo feliz hasta su jubilación en 2012.

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