Pintura para la integración en Almadén de la Plata


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La ceramista María Gallego dejó Sevilla para instalarse en la Sierra Norte donde imparte hace años su taller de arte


Las tornas para María Gallego cambiaron de pronto cuando sus hijos se hicieron mayores y sus padres fallecieron, dejando un vacío en sus quehaceres y en su persona que sintió la necesidad de llenar. Lejos del abatimiento, había llegado la hora de cumplir una de sus aspiraciones tantas veces postergadas: formarse en la Escuela de Arte.

“Cuando mis hijos iban ya por su cuenta y mis padres no estaban pensé que era el momento porque me hacía ilusión tener conocimientos de arte y era una actividad que me hacía mucho bien”, reseña María Gallego a ABC Provincia. Fue al borde de los cuarenta cuando realizó su inscripción y abrió otra etapa en la Escuela de Arte de Sevilla, interesada en la especialidad de cerámica.

Con el título, ya en los noventa, adquirió un horno y empezó a realizar sus primeros trabajos. “Desde que terminé mi formación tuve la suerte de ir haciendo trabajos para amigos y conocidos, y ahora con el boca a boca no me faltan los encargos”, cuenta esta sevillana, que tomó la decisión hace dos años de afincarse en Almadén de la Plata donde abrió su particular taller de las artes en la tienda de una amiga, en los salones y estancias de una casona noble serrana.

Compartir y conversar

Las artes han sido un motor de cambio en la vida de la maestra Gallego, y un incentivo para integrarse en su comunidad. “Fui monitora del taller de cerámica que se impartía en el Hogar de San Fernando en el distrito Macarena durante 4 años, hasta que decidí volver al pueblo”, relata la veterana profesora, que reprodujo al mudarse a la Sierra Norte la misma clave: compartir su conocimiento y su experiencia con la gente que la rodea y aprender junto a ellas.

Las artes son aquí una excusa para socializar y buscar un espacio de encuentro dinámico y ameno. “En un pueblo pequeño nos podemos aburrir, por eso doy clases ahora de pintura y en verano, cuando vienen muchos emigrantes y la gente de veraneo, también de cerámica”, abunda.

Los motivos locales marcan la producción pictórica del taller: la torre del reloj, la fachada de la Iglesia, o el monumental cerro de El Calvario, y Gallego reconoce que las tardes de taller se estiran luego con conversaciones en las callejuelas, en cada encuentro fortuito con sus aprendices.

Entre 18 y 20 personas se forman en este taller forjado en el diálogo a lo largo del año, y sólo hay un hombre en este nutrido grupo. “Intento que aprendan sin prisa, a gusto con lo que hacen, y que se atrevan a probar y a desafiarse”, relata la monitora.

Para estimularles, los cuadros se exhiben en exposiciones que cada verano organiza el Consistorio.

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