Castilblanco: un lugar


(Publicado en el programa de fiestas del Verano de 1994 por Susana Falcón)

Era una suave mañana de mayo. El sol relucía ya sobre las calles, los tejados, las blancas casas. De camino a sus ocupaciones, las gentes se entretenían en saludarse, se preguntaban por enfermedades y alegrías. Esta fue mi primera visión de Castilblanco, que se me ha quedado grabada al fuego en la memoria.

Trabajando y viviendo aquí, dos años después, Castilblanco sigue constituyendo, para mí, una maravilla perfecta, concreta, de todos los días. A aquella primera imagen se han agregado otras miles, todas similares. Son estampas vivías, que llevaré prendidas en el corazón hasta el día de mi muerte: miles de pajaritos cantando cantando al despuntar el día; una vecina que pasa a mi lado y me sonríe, el viento que agita con fuerza las ramas en una tarde cualquiera, el calor de unas Navidades compartidas, la lluvia azotando las piedras de la calle con un rumor líquido y persistente, un anciano que se emociona al recordar sufrimientos de otros tiempos,… Resulta obvio definir a Castilblanco como la suma entre sus habitantes y su paisaje; pero estos dos elementos conforman, en sitios pequeños como el pueblo, un todo armónico e indisoluble. Al menos así resulta para ojos de quienes estamos acostumbrados a lugares y situaciones muy diferentes. En lo pequeño de Castilblanco reside gran parte de su encanto. La vida en las grandes ciudades, con sus agobios callejeros y sus atascos, sus prisas y su incomunicación humana, contrasta poderosamente con el silencio y la paz de cualquier calle del pueblo, solitaria cuando paseas a la luz de la luna. Eso que los arquitectos denominan la escala, el tamaño y dimensiones del espacio en el que nos hallamos, ofrece en el pueblo un bálsamo para el espíritu. Es tener todo al alcance de la mano, con tiempo para vivir.

Decía el escritor Bertold Brecht que una casa puede ser hermosa, pero si no sale humo de su chimenea, si falta la presencia humana, no hay nada. Así es, y quienes habitan en Castilblanco le dan su sabor particular y entrañable. Los estudiosos han analizado hasta el cansancio el fenómeno del aislamiento y la soledad que se produce en los grandes núcleos urbanos. Cualquiera lo sabe: Vives dos años en bloques de pisos y no conoces al que duerme encima de tu cabeza. Trabajas diez horas por día, y te encierras dentro de tu pequeño círculo, te desinteresas por las grandes y pequeñas cosas de todos los días. Esto se contradice con exacto realismo con lo que te sucede en el pueblo. Sales de casa y, antes de llegar a la esquina, ya has sentido el calor, la compañía de vecinos y vecinas. Es eso que se conoce como el factor humano, la presencia ineludible de los otros, lo que más impresiona a la hora de definir la vida en el pueblo.

Y, en mi caso, esta cercanía humana me llena de vida cada día, me gratifica por estar viva, me permite ver el costado amable y sencillo de la existencia, convirtiendo muchos de estos valores en auténticos descubrimientos. Mi trabajo en la radio municipal, también me hace apreciar de cerca las conductas y situaciones de quienes viven aquí. Me ayuda a acercarme notoriamente a las historias del pueblo, a esos enormes y diminutos momentos que crea la vida. Ser periodista te coloca en un puesto de privilegio, para ver pasar la vida, percibir cómo sufren y aman, ríen y sueñan los que te rodean. Y aprendes cada día lecciones sobre la naturaleza humana, vives a través de las vidas de los otros.

Me pidieron que hablara sobre Castilblanco. Releo lo escrito y no quisiera dar la sensación de que lo veo como un perfecto paraíso. Lo habitan seres humanos y quienes lo somos tenemos miserias evidentes, defectos insoslayables. En el pueblo, quizás algunas de sus maravillas tengan su otra cara negativa, como esa misma proximidad humana de la hablaba anteriormente. A lo mejor , estar tan cerca nos ocasiona estar permanecer demasiado pendientes de los otros, inmiscuyéndonos en lo privado. El cotilleo, el “que dirán”, aparecen entonces como males inevitables. O ese vivir tan de puertas para dentro, centrados en la propia realidad, olvidando el momento histórico en el que nos ha tocado vivir y sus consecuencias, probablemente también sea otro aspecto característico del pueblo, digno de ser modificado, rompiendo esa pasividad que, a veces, nos ata y no nos deja transformar el mundo. Quién sabe. Como dicen los nicaragüenses, lo más seguro es que quién sabe.

Para mí, esas miserias, esas sombras serían motivo de otro artículo. En estas líneas he querido reflexionar sobre las causas que hacen que muchas gentes, de otros sitios distantes y distintos a este, se hayan quedado. Hayan elegido Castilblanco como su lugar en el mundo. Un lugar, para mí, mágico y, ya para siempre inolvidable.

Susana Falcón Tornú

Especial Noticias del Ayuntamiento

Agosto – 1994

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